La caja
Una app de Android que es un envase, no el producto
El diseño de las pantallas se sirve desde el servidor. Si estuviera dentro de la app,
mover el reloj de sitio obligaría a publicar una versión y actualizar trece cajas colgadas
del techo — y ese trabajo no se hace: se acumula.
La app lleva solo lo que un navegador no puede hacer: arrancar al encender la corriente,
quedarse en modo quiosco sin salida, recuperarse sola si la página se cae, sonar, y hablar
con el servidor del hotel aunque el contenido venga de la nube.
Y cada caja se presenta con su propia identidad: un código, un equipo.
Si una segunda caja intenta usar el código de una pantalla, el panel lo dice — en vez de
que dos paredes enseñen lo mismo sin que nadie lo sepa, que es lo que pasa cuando el
código es una contraseña compartida.